El crecimiento espiritual da sentido a la vida del ser humano.

El mundo contemporáneo es asistido por múltiples manifestaciones que dicen llamarse espiritualidad pues en su esencia el ser humano es espiritual. La espiritualidad viene desde adentro, es una especie de fuerza interna que dinamiza las dimensiones del ser humano.

El crecimiento espiritual está definido como un proceso de evolución, que integralmente protagoniza el ser interior, pero que a la vez, tiene consecuencia sobre el desarrollo de todas las áreas de la vida que caracterizan a un ser humano, tal como puede ser el área profesional, el área educativa, el área social, entre otras.

Se crece espiritualmente, cuando una persona logra incorporar a todos los actos de su vida, valores como la tolerancia, la compasión, el desapego, la generosidad, el perdón, la discreción o todos aquellos que se hayan aprendido en cada etapa de la vida.

Y cuando se habla de todos los actos de la vida, quiere decir TODOS, principalmente los más pequeños y cotidianos: el trato con nuestra familia, la convivencia con nuestros compañeros de trabajo.

La espiritualidad es la forma de transcender al propio ego y reconocer que se necesita más poder del que nuestro ego pudiera estimular para dirigir nuestra voluntad.

El crecimiento espiritual mejora la forma de relacionarnos con lo que nos rodea. El crecimiento espiritual viene como efecto de una transformación real y por eso inspira una actitud de avance.

En el Diccionario de espiritualidad (2005) encontramos que “ningún ser humano puede vivir sin espíritu, especialmente si se mueve con hondas motivaciones y convicciones. Pertenece, pues, al sustrato más profundo del ser humano”.

La apertura a la trascendencia

Esta experiencia es una condición inherente al ser humano y, desde allí, de manera especial, a aquellos que tienen en su vida un sentido distinto. Es decir, hablar de espiritualidad en las concepciones básicas o fundantes, es significar las motivaciones y aspiraciones genuinas del ser humano desde el orden del espíritu.

No cabe duda, la espiritualidad es una vía de perfeccionamiento para el ser humano, desde ella la persona puede llegar a ser más persona, el humano más humano en todas y cada una de sus dimensiones.

Mucho se habla en el mundo moderno de calidad de vida, tanto que los mismos sistemas empresariales, gubernamentales y de educación se miden desde las políticas de calidad, y bajo estos parámetros se diseñan las estrategias y alternativas de progreso y avance de cada uno de estos.

La condición de trascendencia del ser humano no está lejos de estas coordenadas, dado que en los ideales de las personas que apuestan por la espiritualidad, se encuentra la idea que ésta ayuda a favorecer las condiciones de vida, pues desde ella se pueden aprender a leer otras ópticas del mundo y por ende se generan nuevas esperanzas para ser y hacer en la vida.

Ser espiritual es también esperar a que las construcciones de vida tengan su efecto positivo en algún momento de la historia personal. Cuando se habla de desarrollo no se puede hablar de inmediatez, esto requiere un proceso, constancia, perseverancia, esfuerzo, sacrificio, dedicación y el profundo convencimiento de que la semilla que se siembra toma su tiempo para germinar. 

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